Nunca supe que tu segundo nombre era Eugenio y no sé por qué me causó gracia al saberlo y pensé que si lo hubiese sabido, así te habría llamado. Me enteré tarde, cuando lo supe estabas muerto.
Estimado amigo Leonel Gómez, tu muerte me sorprendió. Alex, colega de oficio y entrañable compañero, me informó que había pasado por tu casa y que al encontrarte con problemas de salud te llevó al médico. Realmente no pensamos que esa tarde-noche de ese miércoles 25 de noviembre te marcharías. Tu corazón era demasiado grande y no aguantó.
A tus 70 años eras muy joven para morir y tenías mucho que aportar.
Alex, quien estuvo hasta último momento junto a vos, dijo que pese al dolor por la molestia en tu corazón te vio sereno y tranquilo, esa tranquilidad que le da a alguien “por lo mucho que le dio al país como un gran patriota, sin esperar nada a cambio”.
Tus amigos Nefatlí Yanes y otros del Sindicato de la Industria Eléctrica de El Salvador (SIES) se entristecieron con tu partida y te consideraron como “un salvadoreño de mucha bondad, solidaridad y defensor de causas justas y nobles”. Sin duda lo fuiste.
Recuerdo que te conocí poco antes de que terminara la guerra civil en el país. Fue en casa de Gerardo Lechevalier, un inteligente político demócrata cristiano y ahora funcionario de una entidad estadounidense en Haití.
En casa de Gerardo, en la Escalón, te vi sentado en un sillón. Con tu amplia figura regordeta era imposible no verte, además conocía de tu labor desde los 80 cuando trabajaste en el ISTA con Rodolfo Viera, un dirigente campesino asesinado a comienzos de esos años sangrientos junto a dos asesores agrarios de Estados Unidos en el ex hotel Sheraton.
Recordás que esa noche nos presentaron y me dijiste: “a vos te quería conocer”, y era por mi paso por los canales de televisión 12 y 6, en uno editor del noticiario estelar nocturno “Al Día”, que fundamos en 1985 junto a mi hermano Guillermo, y en el otro como director desde comienzos de 1987 a septiembre de 1989.
Hablamos bastante de sueños y proyectos que habría apoyado el congreso estadounidense en busca de impulsar un periodismo profesional y responsable, pero nunca concluimos nada, aunque seguimos conversando muchas veces, especialmente en nutritivos desayunos en los que siempre dabas “una probadita” de lo que habíamos pedido Alex o yo.
Además eras mi vecino y algunas veces recuerdo que calmábamos a Bruno y a Rooper, nuestros queridos perros, el uno pastor alemán y por quien derramé lagrimas al tener que sacrificarlo y el otro un husky que se ha quedado solo y no sé qué pasará con él ahora que ya no estás, seguro te extrañará.
En tu casa saludé o conocí a políticos, abogados, analistas, izquierdistas, derechistas, diplomáticos, funcionarios y gente en busca de ayuda, consejos o simplemente compartir un dato, una información. Algo que llevara a buscar la verdad de crímenes como el de la niña Katya Miranda, del dirigente de los teenster, del líder campesino en Cabañas y tantos otros. Claro, tenías experiencia como investigador y no era para menos haber sido miembro de la Comisión Moakley que investigó el caso jesuitas o el asesinato de monseñor Gerardi en Guatemala.
Sin duda tenías experiencia. Tus estudios de sociólogo y doctorado en desarrollo te llevaron a ser profesor en la universidad de Harvard, eran la base de tu sabiduría, pero casi nunca lo decías y menos que habías sido instructor de tiro en el ejército, por lo cual fuiste francotirador en la guerra, mal llamada “del fútbol”, en 1969 contra nuestros hermanos hondureños.
A través tuyo conocimos y entrevistamos junto a Any Cabrera al congresista Joe Moakley, tu amigo por muchos años y cuya muerte te impactó. Lo mismo que hablamos varias veces con el ex embajador estadounidense en El Salvados, William Walker.
Junto a Moakley vimos a su antiguo colaborador y ahora flamante e influyente congresista James McGovern, quien hace unas semanas estuvo en el país para participar en la conmemoración del crimen de los seis sacerdotes jesuitas sus dos colaboradoras hace 20 años.
El domingo 15 de noviembre, mientras McGovern sobrevolaba la zona de desastre causada por el huracán Ida, desayunamos por última vez y otra vez estábamos con Alex y dos importantes jefes policiales analizando la situación del país y las probables soluciones que me sugeriste comentar desde mi cargo de Director de Medios del Estado, de lo cual estabas orgulloso.
Alex me dijo que ese día de tu partida le dijiste que buscabas la forma de que viajara a Washington para conversar con McGovern y otros funcionarios para hablar de la situación nuestra, especialmente en lo concerniente a seguridad en lo que eras experto y sobre lo cual varias veces hablaste en Radio Nacional.
Por eso y más te doy las gracias y no dudés que te seguiremos recordando, te vamos a extrañar, pero tampoco ignorás que entre bromas y seriedad hablaremos de vos y tu paso por este país en donde harán falta tus aportes…


